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16 mayo 2026

Mozart en la biografía de Swafford — Epílogo: Et Lux Perpetua Luceat Eis

En Classicapedia: Wolfgang Amadeus Mozart, Maria Constanze Mozart, Franz Xaver Süssmayr, Antonio Salieri

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Epílogo: Et Lux Perpetua Luceat Eis

La muerte en el siglo XVIII nunca fue extraordinaria en sí misma. La enfermedad se extendía rápidamente por Europa, la medicina seguía siendo primitiva, y incluso las vidas más fuertes podían derrumbarse en cuestión de días. Sin embargo, la muerte de Wolfgang Amadeus Mozart en diciembre de 1791 produjo una conmoción distinta a casi cualquier otra muerte musical de la época. Algo inmenso había desaparecido del mundo, y la gente lo percibió de inmediato.

Las ceremonias conmemorativas aparecieron por toda Europa con una rapidez notable. Viena lo lloró. Berlín lo lloró. Kassel lo lloró. Pero en ningún lugar el dolor fue más profundo que en Praga, la ciudad que había comprendido a Mozart quizá de forma más instintiva que la propia Viena. Allí, dentro de la abarrotada iglesia de San Nicolás, casi cuatro mil personas se reunieron para una solemne ceremonia conmemorativa dirigida por la vieja amiga de Mozart, Josepha Duschek. Según los informes de la época, el silencio llenó la iglesia con una intensidad casi insoportable, rota solo por la música y el llanto.

Los periódicos escribieron que "mil lágrimas corrieron por nuestro Mozart". Declararon su pérdida irreemplazable y lo describieron no simplemente como otro compositor, sino como uno de esos raros seres que la naturaleza crea solo una vez cada siglo.

Y, sin embargo, incluso mientras Europa comenzaba a elevarlo hacia la inmortalidad, la realidad que dejó en Viena seguía siendo dolorosamente humana: una viuda afligida, manuscritos inacabados esparcidos sobre las mesas, deudas aún sin resolver, hijos asustados, finanzas inciertas y la aterradora pregunta de cómo sobreviviría la música de Mozart —y su familia— sin él.

La última entrada en el libro de condolencias del funeral de Mozart fue escrita por la propia Constanze. Sus palabras transmitían a la vez devastación y una extraña serenidad:

"¡Amado esposo! Mozart, inolvidable para mí y para toda Europa... Ahora estás bien — bien para siempre."

Le sobreviviría cincuenta y un años.

El mito romántico posterior retrató a Constanze como frívola, superficial, irresponsable o incapaz de comprender el genio de Mozart. Ninguna de esas caricaturas resiste un examen serio. En realidad, tras un colapso inicial de dolor, mostró una extraordinaria inteligencia práctica y una notable capacidad de resistencia emocional. Comprendió de inmediato que los manuscritos de su marido no eran solo tesoros artísticos, sino el fundamento económico del que dependía el futuro de su familia.

Su primer problema urgente fue el Requiem inacabado. El comitente anónimo aún esperaba la entrega de la obra. Si la composición no podía completarse de forma convincente, corría el riesgo de perder tanto el pago pendiente como el anticipo ya recibido. Más importante aún, comprendió instintivamente que el Requiem debía presentarse públicamente como una auténtica obra maestra de Mozart.

Así comenzó una de las falsificaciones literarias y musicales más complicadas de la historia de la música clásica.

Mozart había dejado el Requiem inacabado, aunque existían porciones sustanciales en distintos grados de realización. Algunos movimientos estaban casi completos en partitura vocal, otros existían solo como fragmentos, y varias secciones seguían sin escribirse.

Constanze se acercó primero a Joseph Eybler, uno de los alumnos más talentosos de Mozart, con la esperanza de que terminara la partitura. Eybler trabajó en partes de la orquestación directamente sobre las páginas del manuscrito de Mozart, pero finalmente abandonó la tarea, quizá abrumado por la responsabilidad de completar una música tan sagrada y tan extraordinaria.

La carga recayó finalmente en Franz Süssmayr.

Süssmayr ha sido a menudo ridiculizado por generaciones posteriores por las debilidades de su contribución. En efecto, su oficio no podía acercarse al nivel de Mozart. Ciertas orquestaciones siguen siendo torpes, algunas transiciones resultan incómodas y partes de la obra completada revelan limitaciones técnicas. Sin embargo, sin Süssmayr, el Requiem quizá nunca habría entrado en la historia en forma interpretable.

Más importante aún, la inmensa grandeza de la contribución propia de Mozart domina la obra tan por completo que las imperfecciones de Süssmayr no pueden destruirla. La arquitectura emocional, la atmósfera espiritual, el lenguaje temático esencial: todo pertenece inconfundiblemente a Mozart.

Incluso Haydn y Beethoven, que sabían perfectamente que el Requiem había sido completado por otra mano, siguieron considerándolo uno de los logros supremos de Mozart. Se dice que Haydn declaró que, de no haber escrito Mozart nada más, el Requiem por sí solo habría bastado para establecer su inmortalidad.

Inmediatamente después de la muerte de Mozart, las leyendas comenzaron a multiplicarse a su alrededor con sorprendente rapidez.

Los rumores de envenenamiento circularon casi al instante por Viena. La historia se fue asociando gradualmente con Antonio Salieri, cuya posición en la corte y rivalidad con Mozart lo convertían en un villano conveniente para la imaginación romántica. Hacia el siglo XIX el mito era casi inseparable de la imagen pública de Mozart.

La ironía es trágica porque el propio Salieri siempre habló con respeto de Mozart. En la vejez, mentalmente frágil y devastado por las acusaciones, negó repetidamente los rumores. Poco antes de morir declaró, según se dice:

"Puedo jurar en toda buena fe que no hay ninguna verdad en el absurdo rumor."

Pero el siglo XIX necesitaba leyendas. Necesitaba la imagen del genio divino destruido por la envidia y la mediocridad. La muerte temprana de Mozart se transformó en una tragedia simbólica, casi religiosa en su carácter.

La verdad era a la vez más simple y más dolorosa: Mozart murió porque se había empujado más allá de los límites humanos.

Trabajó sin descanso porque la creación misma era su modo de existir. Aceptaba cada encargo, cada oportunidad, cada desafío. Para él, la música no era solo una profesión. Era la vida misma.

Quizá el hecho más desgarrador de la muerte de Mozart sea cuánto quedaba por delante.

Si hubiera vivido tanto como su hermana Nannerl o su esposa Constanze, habría sobrevivido hasta los años de madurez de Beethoven. Cuando murió seguía planeando activamente nuevas composiciones: un concierto para trompa, obras de cámara, música sacra, proyectos orquestales, óperas adicionales. Sus papeles contenían aproximadamente 140 composiciones inacabadas o parcialmente desarrolladas.

Aún más revelador era el mundo intelectual que le rodeaba. Su biblioteca contenía no solo música, sino obras sobre filosofía, ciencia, matemáticas, religión, geografía, viajes, poesía e historia. La curiosidad de Mozart siguió siendo vasta y viva hasta el final.

El último año de su vida también había sido el más próspero económicamente. Contrariamente al mito posterior de la indigencia total, empezaba a recuperarse económicamente. Sus ingresos en 1791 superaron los de cualquier año anterior. Sin duda seguían existiendo deudas, pero la situación mejoraba rápidamente. Aparecían nuevas oportunidades por todas partes.

Una de las ironías más crueles llegó poco antes de su muerte, cuando mecenas acaudalados de Hungría y Ámsterdam se preparaban para ofrecerle asignaciones anuales permanentes de notable generosidad. Si hubiera sobrevivido solo un poco más, la estabilidad financiera a largo plazo quizá se habría hecho realidad.

Así, Mozart murió no como un fracaso olvidado, sino en el preciso momento en que convergían el éxito, el reconocimiento y la transformación artística.

Entre las figuras más conmovedoras de la posteridad de Mozart se encuentra su hermana, María Ana "Nannerl" Mozart.

De niños, Wolfgang y Nannerl habían sido prodigios inseparables, recorriendo Europa juntos como hermanos milagrosos presentados con orgullo por Leopold Mozart. En su juventud, ella pudo haber rivalizado con su hermano como intérprete de teclado. Pero a diferencia de Wolfgang, permaneció atrapada en las limitaciones sociales impuestas a las mujeres de su tiempo y en la autoridad emocional de su padre.

Cuando Wolfgang se liberó de Salzburgo, Nannerl se quedó atrás.

Esta única divergencia dio forma a sus destinos.

Wolfgang siguió avanzando implacablemente hacia el riesgo, la incertidumbre, la independencia y la grandeza. Nannerl se volvió hacia dentro, hacia la obediencia, lo doméstico, la memoria y la desaparición gradual de la vida pública. Su relación se fue apagando durante los últimos años de Mozart, aunque, bajo la distancia, ella siguió profundamente orgullosa de él.

Hacia el final de su vida, los visitantes la encontraron casi ciega, agotada y fantasmal: una reliquia viva del desaparecido mundo familiar de los Mozart. Sin embargo, conservó cientos de cartas familiares que más tarde resultaron esenciales para la investigación mozartiana.

De muchas maneras, Nannerl simboliza todo un camino perdido en la historia de la música: la mujer brillante cuyos dones nunca entraron plenamente en la historia porque la sociedad no ofrecía espacio para su desarrollo.

Los años posteriores a la muerte de Mozart dispersaron a sus compañeros supervivientes hacia destinos extrañamente simbólicos.

Emanuel Schikaneder, creador de Papageno y libretista de La flauta mágica, pasó años intentando sin éxito recrear aquel triunfo milagroso. Finalmente perdió la razón y murió empobrecido.

Salieri se desvaneció de la escena operística, pero se convirtió en uno de los maestros más influyentes de Europa, instruyendo a Beethoven, Schubert y Liszt. La historia lo recordó injustamente más por un asesinato que nunca cometió que por sus logros.

Constanze, en cambio, demostró ser notablemente exitosa preservando y rentabilizando el legado de Mozart. Organizó conciertos, vendió manuscritos, colaboró con biógrafos y ayudó a dar forma a la imagen de Mozart que entró en el siglo XIX. Cuando murió en 1842, había acumulado una fortuna considerable derivada en gran parte de la música de su marido.

Así, paradójicamente, la verdadera inmortalidad de Mozart se construyó en parte gracias a la inteligencia práctica de la mujer a la que las generaciones posteriores subestimaron más.

Tras la muerte de Mozart, otro joven compositor llegó pronto a Viena: Ludwig van Beethoven.

La relación entre sus mundos artísticos define toda una transición histórica.

La música de Mozart habla de manera íntima, social y humana. Incluso en la tragedia permanece el calor, la elegancia y el contacto emocional directo. Su arte parece ofrecerse de forma personal, casi privada, de un alma a otra.

Beethoven transformó el papel del compositor en algo más grande y monumental. Su música se dirige a la humanidad misma, confrontando el destino, la lucha, el heroísmo, la revolución, la metafísica y la posteridad.

En este sentido, Mozart pertenece simultáneamente al siglo XVIII y más allá de él. Beethoven heredó las formas, técnicas, comprensión dramática y posibilidades sinfónicas de Mozart, pero las transformó en un nuevo universo moral y filosófico.

Sin embargo, el propio Beethoven comprendió a Mozart más profundamente que muchos comentaristas posteriores. Bajo todas las diferencias estilísticas, reconoció la aterradora perfección de la maestría de Mozart.

Se ha dicho a menudo que Mozart completó el viaje de su vida con el Requiem, como si la Misa inacabada representara una conclusión espiritual final.

Pero esto no es del todo cierto.

Mozart no estaba concluyendo su carrera. La estaba expandiendo más allá de sí misma.

Todo en sus últimas obras sugiere un movimiento hacia nuevos territorios expresivos: mayor concentración emocional, una seriedad sagrada más profunda, nuevos colores orquestales, una sutileza psicológica sin precedentes y una profunda fusión de sencillez y trascendencia.

Murió no al final de un viaje, sino a mitad de camino.

Y quizá por eso Mozart sigue vivo eternamente. Su música nunca parece cerrada, agotada o definitiva. Irradia movimiento, curiosidad, ternura, sorpresa, humanidad y un devenir sin fin.

Una y otra vez, bajo toda la perfección, se percibe algo asombrosamente vulnerable y humano: un hombre que amó la belleza con absoluta sinceridad y que transformó ese amor en sonido.

Su música no solo nos impresiona.

Nos habla.

Nos consuela.

Nos perdona.

Nos recuerda que la belleza es una de las pocas cosas que la muerte no puede borrar.

Y por ello, las palabras finales permanecen no solo como conclusión del Requiem, sino quizá como el epitafio más verdadero jamás escrito para el propio Mozart:

Et lux perpetua luceat eis.

Y que la luz perpetua brille sobre ellos.