22 octubre 2023
La Segunda Sinfonía de Mahler en Viena
En Classicapedia: Gustav Mahler

Mahler permitió que algunos de sus amigos más íntimos asistieran en secreto a los ensayos de su Segunda Sinfonía. Los tres primeros movimientos se ensayaron ayer, y el cuarto y el quinto hoy. De nuevo, al principio la orquesta parecía desconcertada e incapaz de comprender, pero poco a poco se fue implicando más. Con algunas raras excepciones, todos hicieron lo posible por estar a la altura de la difícil tarea. Los opositores de Mahler, de los que hablé antes, intentaron hasta el final sabotear el concierto. Apareció de nuevo un artículo insultante en un periódico antisemita, inspirado, como la vez anterior, por algunos calumniadores dentro de la orquesta. Como en la víspera del primer concierto filarmónico, intentaron tender una trampa a Mahler, esperando conseguir contra el compositor lo que no habían logrado contra el director de los conciertos filarmónicos. Pero los mejores elementos de la orquesta se pusieron del lado de Mahler, y los demás, que habían protestado contra la interpretación de la sinfonía, calificándola de «obra rechazada y abucheada en todas partes» hasta entonces, tuvieron que resignarse.
En una semana, con no más de cuatro ensayos disponibles, Mahler logró el milagro de inculcar a la orquesta, que nunca había tocado ninguna de sus obras, aquella obra tremenda y profundamente ajena para ellos.
Ya he hablado de la manera y la intensidad con que Mahler dirigió los ensayos con motivo del concierto de Berlín. También en este caso se asignó una parte bastante difícil al timbalero, y por su causa hubo varias interrupciones. En particular, no era capaz de ser lo bastante rápido ni de tocar lo bastante fuerte; y cuando Mahler, en el momento en que se abren las tumbas, exigió la máxima potencia, él respondió que la membrana del timbal se rompería (lo mismo había ocurrido en Berlín). Mahler le dijo entonces que lo dejara romperse y no cedió ni un ápice; durante uno de los ensayos, uno de los timbales llegó a romperse en dos. Los platillos a menudo no se golpeaban con suficiente fuerza, y Mahler, en una ocasión, regañó duramente al percusionista. Y cuando el hombre, golpeándolos con todas sus fuerzas, preguntó: «¿Así suena lo bastante fuerte?», Mahler respondió: «¡No, aún más fuerte!». El percusionista entonces golpeó los platillos con la mayor violencia de que era capaz, y con la mirada parecía decir: «¡Esta vez ni el diablo volverá a engañarme!». Y Mahler gritó: «¡Bien hecho, eso es! ¡Y ahora, todavía más fuerte!».
El domingo, la sinfonía tuvo un éxito que superó nuestras expectativas. El mero hecho de que la Musikvereinsaal estuviera completamente llena, salvo un par de asientos, mostraba el interés por Mahler. Tras el primer movimiento, hubo un aplauso decidido y casi unánime. El segundo, ya conocido por parte del público del año anterior (en la interpretación de Löwe), como siempre fue el más aplaudido: incluso los filisteos marcaban el compás con sus augustas cabezas y aprobaban las «hermosas melodías». Los músicos, sin embargo, y particularmente los violonchelos, con su maravillosa melodía que Mahler deseaba que se tocara de forma callada y contenida, y no demasiado almibarada, estaban incontrolados y completamente arrebatados por la música. El Scherzo, con su humor macabro, fue quizá lo más incomprensible para el público, y el finale llegó tan inesperadamente que por un momento todos permanecieron en silencio, hasta que surgieron algunos aplausos aislados. El impacto de «Urlicht» fue considerable, aplaudido durante largo tiempo, tanto que Mahler accedió a repetirlo; no por los aplausos, sino porque quería que el tercero, cuarto y quinto movimientos se interpretaran sin interrupción, y de este modo al menos salvaría la continuidad entre los dos últimos.
Llegó después el turno del último movimiento, con su terrible grito inicial y los alaridos de miedo y horror de todas las almas; la marcha con la que las huestes de los muertos se apresuran hacia el lugar del juicio; y finalmente, contra todo pronóstico, la liberación y la redención en el coro «Auferstehen», que se eleva sublimemente hacia las alturas: todo ello causó un enorme impacto en la mayor parte del público. Incluso los demás espectadores, que no se convirtieron, o incluso se horrorizaron, y que tenían toda su perplejidad escrita en el rostro, no se atrevieron a expresarla con abucheos o insultos, como había ocurrido en el pasado.
El concierto terminó así entre gritos de júbilo y aplausos atronadores, que llamaron a Mahler al escenario innumerables veces y lo siguieron hasta el foyer, por las escaleras e incluso hasta la calle.
Mahler quedó muy satisfecho con la acogida de su sinfonía y, en la mesa, después del concierto, como también en los días anteriores, tras los ensayos, se hallaba en ese estado de ánimo extático y entusiasta en el que solo se encontraba cuando podía dar vida a sus obras.
Lo que lo sacó de aquel tipo de paraíso fueron las críticas de su sinfonía que aparecieron al día siguiente, no menos obtusas que las de Berlín. Este desagradable contacto con el «mundo exterior» y, sobre todo, la vuelta a las tribulaciones de la Ópera, le causaron una fuerte depresión. Para recuperarse, deseó alejarse de la Ópera y del bullicio de la ciudad y refugiarse en las montañas, en soledad.
Sobre la Segunda Sinfonía, Mahler dijo en una ocasión: «Un defecto de la Sinfonía en re menor es el contraste demasiado brusco (y por tanto no artístico) entre el Andante, con su vivo ritmo de danza, y el primer movimiento. La razón es que compuse los dos movimientos por separado, sin pensar en unirlos. De otro modo, podría al menos haber comenzado el Andante con la melodía de los violonchelos, seguida después por el comienzo actual. Pero ahora ya no es posible revisarlo».